Libertad de circulación

por El Vigía

Me encanta la lengua portuguesa, es un idioma que siempre me propongo aprender en mi lista de buenos propósitos en cada inicio de año. Portugal tiene un espacio propio en el corazón de quienes amamos el entendimiento entre las personas y las culturas. La Península Ibérica lleva años integrándose silenciosamente en una forma de trabajar y pensar que quiere romper con esa trinchera medieval que nos separa, y la logística y el transporte pueden hacer mucho por avanzar en ese aspecto. Recuerdo una ocasión, ¿quizá en 2008?, en que le pedí a Marcos Montero, a la sazón presidente de CETM, que me acompañara a Lisboa a reunirnos con las autoridades y los empresarios portugueses, tratando de alcanzar una cooperación reforzada entre los dos países, por encima de lo que exige la UE, y queriendo construir una mayor confianza mutua.
Para ello, llegamos a visualizar, y así lo hablamos con el ministerio luso, una ordenación común del sector que armonizara la actividad en toda la península, al menos el nivel de exigencia a las empresas. En aquel momento, y a pesar de la buena sintonía
de todos los que allí estuvimos, no pudo abrirse paso esa estrategia, pero estoy seguro de que le llegará su momento en algún enero. Este enero en el que escribo se dice en portugués janeiro, no muy diferente de los otros idiomas ibéricos, por ejemplo, enero
en castellano o gener en catalán (aunque a simple oído no lo parezcan), porque su denominación en latín era Ianuarius, mes primero del año que trae su nombre de ese dios de la mitología latina que era Jano, quien para los romanos era la deificación
de los comienzos y los finales.
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Quizá por eso Albert Camus lo cita como dios del pasado y del futuro, porque este extraño dios –sin antecedente en la mitología griega–, tenía dos caras, miraba a la vez hacia dos lados opuestos, aunque más bien me gusta pensar que en realidad miraba al mismo tiempo hacia dentro y hacia fuera. Porque Jano era el dios de la TRIBUNA puerta, y, como la puerta, mira adentro y afuera a la vez, a lo que uno deja atrás y a lo que le espera, puerta que hay que atravesar en toda actividad física o cultural y que por esa extraña lógica de los idiomas se ha colado en todas las denominaciones del movimiento: está en la palabra puerto, y en transporte, así como en importar (en su doble acepción) y exportar, o en portarse bien o en reportar –ese anglicismo que nace de la misma raíz, como reportaje–, o en portazgo –que es tanto como mentar los peajes o las euroviñetas–, todo lo que está en relación con otra cosa, al fin y al cabo, todo movimiento –aunque sea anímico, como la literatura y el arte–, te hace cruzar la puerta de ti mismo, te lleva a una relación nueva, a lo que no conoces o te trae lo que no tienes, así son la cultura y el comercio. Ya sé que me repito, son mis obsesiones, quizá sea el temor a que no me entiendan. Cuando hablo de Portugal (me extraña y molesta ese tipo de mapas políticos amputados, donde se muestra a España y no a Portugal, como si fuera una escultura griega fracturada) y su melancólico janeiro, me viene, como una rara asociación fonética, un recuerdo del hotel As Janelas Verdes –un palacete del siglo XVIII en el barrio de Alfama, en Lisboa, donde en otro tiempo convivieron en tolerancia cristianos, árabes y judíos–, sus vistas y esa sensación de estar mirando la misma Lisboa que contemplaba Fernando Pessoa (el ortónimo), un poeta que como un árbol se abría en varios otros yoes (heterónimos), con sus propias vidas completas que daban lugar a otros poetas; uno de ellos, Álvaro de Campos –ese ingeniero que le escribía al movimiento con algunos poemas que siempre me acompañan (como Al volante de un Chevrolet o la Oda Marítima)–, afirmaba que “nadie puede esperar ser comprendido antes de que los demás hayan aprendido la lengua que él habla”. Quizá por ello de Campos citaba al poeta Blake cuando afirmaba que dos personas no ven el mismo árbol, lo que nos ha llevado a desarrollar la tolerancia y la libertad de expresión.
Desgraciadamente al arrancar este año 2015 tenemos que hablar de terrorismo y de libertad de expresión, entre otras cosas, porque el transporte y la logística no están al margen de todo ello. Leía hace unos días, con motivo del atentado contra Charlie
Hebdo, en París, una frase del presidente americano Jefferson: “A una nación más le vale disponer de periódicos libres aun sin Gobierno que de un Gobierno sin periódicos libres”. Hoy día esa afirmación todavía suena radical, y seguramente no es compartida por muchos, pero añadiría que un país necesita tanto medios como ciudadanos que puedan manifestar sus opiniones, sus deseos y sus miedos. Contra ello trabaja esa defensa a ultranza de las creencias y el fomento del sentimiento de la ofensa. ¿Cuánto costará enseñar que no hay creencia verdaderamente propia que otro pueda ofender? ¿Cuánto nos queda por aprender que los problemas no se arreglan por amputar la realidad, por eliminar al que molesta o haciendo desaparecer aquello que incomoda? AMPUTACIONES Y LIBERTADES Muy a nuestro pesar, esa libertad no es un espacio definitivamente conquistado; junto con el mundo del transporte y la libre circulación, la libertad de expresión es el ámbito cultural que recibe más ataques.
Creo que era Miguel Gila el que contaba su técnica para salvar la censura en la época franquista, colocando en sus escritos de La Codorniz varias palabras malsonantes, para atraer a quien se ganaba el pan con la amputación de los textos y despistarlo de otros mensajes. También un amigo mío usaba esa táctica para afrontar una negociación, precisamente en el mundo del transporte, que consistía en incluir algo que de inmediato atraía el interés de los negociadores más críticos, desviándolos empero de lo esencial. A propósito de ello, traigo a colación un ejercicio que se utiliza en mindfulness: se les pide a unas personas que cuenten las veces que un equipo vestido de blanco pasa la pelota, y después de repetirlo, nadie ha visto en el mismo campo visual alguien bailando vestido de oso. Y es que cuando las personas ejecutamos una orden se reduce la amplitud de campo de visión mental y sólo vemos lo que la consigna nos señala. Mientras tanto, y frente a tanto ataque, yo me alegro mucho cuando veo que avanza la libertad de expresión a través de la sociedad civil, los FERRMED, o las asociaciones y sindicatos, no porque siempre lleven razón sino por el hecho de existir. Lo mismo me ocurre con la libertad de circulación, por ejemplo, cuando desde muchos países se trabaja en los corredores transeuropeos o cuando un tren sale de Madrid a Jiwu, teniendo que romper el frío siberiano, como quien atraviesa una nave de productos congelados, porque todo ello, aunque lentamente, supone ir atando cabos en las relaciones humanas y comerciales, con toda su complejidad y sin mapas mentales amputados.

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