El cambio climático obliga a redefinir las infraestructuras

por Alberto Guerrero

“Países como España, que ha sufrido poderosas tormentas que han destruido puentes, carreteras, vías ferroviarias y visto pueblos enteros sumergidos, son el ejemplo de cómo el cambio climático puede dejarnos sin transporte”. La Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa (Unece) justifica así la necesidad de adaptar las infraestructuras “a la mayor amenaza del siglo XXI” y, con este objetivo, ha lanzado un informe para evaluar el impacto del cambio climático en carreteras, vías ferroviarias, puertos, aeropuertos y canales navegables.

El documento se presentó en el marco de las sesiones celebradas a finales de febrero en Ginebra por el Comité de Transportes Interiores (ITC), el máximo órgano de las Naciones Unidas en el ámbito del transporte terrestre, equivalente a la OMI en el modo marítimo. Estas jornadas concluyeron con la firma de una declaración en la que los ministros de Transporte demandaban una acción global para hacer frente a las emergencias climáticas y ambientales, ya no solo para tratar de reducir sus emisiones de transporte y minimizar el cambio climático, sino también para afrontar ya los efectos que tendrá en el transporte e identificar las medidas más eficaces para adaptarse a esta nueva realidad.

Desde España, el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, en su primera comparecencia de esta legislatura en el Congreso de los Diputados, el pasado 26 de febrero, se refería a los efectos del cambio climático y aseguraba que “con ocasión de los últimos temporales, hemos visto la necesidad de adaptar todas nuestras infraestructuras”. En febrero de 2019, el propio Ábalos presentó al Consejo de Ministros el Informe sobre la Seguridad en los Transportes y las Infraestructuras, en el que se incluía por primera vez el análisis de los efectos de este fenómeno global sobre la red de transporte, aunque se realizó únicamente sobre las infraestructuras viarias y ferroviarias. Las conclusiones del informe señalaban que un 40% de la red de carreteras y un 60% de la red de ferrocarriles en España podría verse afectada, aunque se advertía de la necesidad de elaborar “estudios de detalle que evalúen con mayor precisión la vulnerabilidad de las infraestructuras y definan el alcance y el coste de las actuaciones a realizar”.

Un año después, las preguntas continúan siendo las mismas que las que se planteaba el ministerio en este informe de seguridad: “¿Están nuestras infraestructuras adaptadas al cambio climático? ¿Estamos considerando los efectos del cambio climático en las actuaciones de conservación y mejora de las infraestructuras?”.

“Las ingenierías advierten que las necesidades presupuestarias para el mantenimiento de infraestructuras “crecerán notablemente con las nuevas condiciones climáticas, siendo las lluvias torrenciales la principal amenaza, lo que obligará a revisar, entre otros aspectos, el drenaje”.

Desde el Foro para la Ingeniería de Excelencia (Fidex), que agrupa a las principales ingenierías españolas, consideran que todavía no, por lo que reclaman a Transportes que aborde la adaptación al cambio climático como un tercer elemento para la inversión en infraestructuras, añadido a la conservación y el mantenimiento. El director general de la organización, Fernando Argüello, considera que al nuevo ministerio “le falta la mención de un elemento fundamental: la gestión del riesgo asociado al cambio climático. Las ciudades crecen, la exposición de las personas ante estos fenómenos es cada vez más elevada y, sin embargo, no estamos dando la suficiente importancia a este enfoque en la manera de proyectar el futuro de la movilidad en nuestro país. No existe movilidad en zonas cada vez más inundadas, tanto por frecuencia como por cantidad de agua”.

Las ingenierías advierten que las necesidades presupuestarias para el mantenimiento de infraestructuras “crecerán notablemente con las nuevas condiciones climáticas, siendo las lluvias torrenciales la principal amenaza, lo que obligará a revisar, entre otros aspectos, el drenaje”. Observan, además, “un alto riesgo de deformaciones del pavimento o de proliferación de incendios cerca de las vías por los cada vez más frecuentes episodios de sequía”.

Fidex reclama al ministerio que deje de lado los estudios de series temporales basadas en datos históricos, para realizar predicciones de futuro a 50-70 años vista y proyectar unas infraestructuras “que a partir de ahora deben ser resilientes”. La demanda de la patronal coincide con la que realiza el informe de Unece, que considera que la mayor parte de la infraestructura europea ha sido diseñada para el clima del siglo XX y, además, ha estado sujeta a una reducida inversión pública en las últimas décadas.  El documento distingue los cuatro riesgos potenciales más importantes que deben incorporarse ya a la gestión de infraestructuras: las inundaciones y tormentas, la subida del nivel del mar, el aumento de las temperaturas, y el derretimiento del permafrost, la capa de subsuelo que actualmente se encuentra congelada.

500 MILLONES DE EUROS EN PUENTES

El primero de estos peligros tendrá un impacto global en el conjunto de las redes de transporte, a excepción de los puertos. Las infraestructuras viarias, ferroviarias, aeroportuarias y las vías navegables están en riesgo de deslizamientos de tierra como consecuencia de lluvias y las tormentas. El informe aporta un dato revelador al respecto: en la Unión Europea, los costes para la protección de puentes contra inundaciones futuras se estiman en más de 500 millones de euros anuales. Las áreas europeas con mayor exposición a este riesgo son aquellas más pobladas y económicamente desarrolladas en las cuencas medias y bajas de los principales ríos europeos, por ejemplo, el Danubio, el Rin o el Elba.

“En 2030, hasta 517 puertos europeos corren el riesgo de sufrir inundaciones de más de un metro y en el horizonte de 2080, la previsión apunta a un total de 852 puertos”

El aumento del nivel del mar, el fenómeno más asociado al calentamiento global, supondrá una amenaza para toda la red de transporte costero: puertos, carreteras, ferrocarriles y aeropuertos. Los pronósticos que se ofrecen en el informe son especialmente demoledores para los nodos marítimos y aéreos. En 2030, hasta 517 puertos europeos corren el riesgo de sufrir inundaciones de más de un metro y en el horizonte de 2080, la previsión apunta a un total de 852 puertos. En conjunto, más del 60% de los puertos marítimos de la Unión Europea pueden estar bajo un elevado riesgo de inundación para 2100, causando interrupciones en las operaciones y daños a la infraestructura portuaria y a los buques, especialmente a lo largo de la costa del Mar del Norte. En el caso de España, las previsiones apuntan que los puertos del Atlántico sufrirán las mayores consecuencias, con un impacto más moderado para los del Mediterráneo, donde se producirá un menor aumento del nivel medio del mar, pero que en cambio estarán más afectados con más frecuencia por fenómenos meteorológicos extremos.

El panorama es un poco más benigno para los aeropuertos europeos. En diez años, 124 pueden estar bajo más de un metro de agua y en 2080, 196. De nuevo, los estudios señalan a los enclaves del Mar del Norte como los principales damnificados y reducen el impacto en España a solo seis aeropuertos. En relación con las carreteras y los ferrocarriles, las previsiones señalan que el 7,5% de todos los activos mundiales corren el riesgo de inundación en los próximos cien años.

El aumento de las temperaturas sí es un riesgo que tendrá un mayor impacto en España y en el sur de Europa que en el resto del continente. Olas de calor más frecuentes y veranos más secos afectarán a la infraestructura terrestre, dañarán los pavimentos, los puentes y aumentarán los deslizamientos de tierra.

Por último, el derretimiento del permafrost y el proceso de descongelación del Ártico, pese a parecer un fenómeno más alejado, provocará también importantes cambios para el transporte global. El más conocido es la oportunidad que aporta para la navegación la denominada Ruta Marítima del Norte, aunque este proceso generará también riesgos para la navegación por la creciente movilidad del hielo marino en verano y una mayor erosión en las infraestructuras como consecuencia del aumento del oleaje.

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